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Batalla de Agincourt. La larga marcha hacia Calais y la reacción de los príncipes de la sangre franceses.

Enrique V de Inglaterra ha desembarcado en Francia con el objetivo de reclamar su derecho al trono francés. Pone sitio a la ciudad de Harfleur que, después de resistir tenazmente y ante la nula respuesta por parte del rey Carlos VI de Francia y del Delfín a las numerosas peticiones de ayuda  que le envía la ciudad, finalmente se rinde al rey de Inglaterra.

Después de Harfleur, Enrique inicia su marcha hacia Calais con los pocos efectivos de su ejército que aún le quedaban. Su decisión era muy arriesgada pues sus tropas estaban muy mermadas y muchos de los que aún quedaban estaban enfermos. Contó con la oposición de la mayoría de su consejo real pues sabían que un gran ejército francés se estaba congregando en las cercanías de Rouen. Pero…como donde hay patrón no manda marinero, prevaleció la decisión del rey y el ejército se alistó para una marcha que en principio no iba a durar más de ocho días.

Para asegurar el buen fin del viaje, Enrique dictó una serie de normas  muy estrictas para mantener el orden y la disciplina entre sus hombres evitando así saqueos y matanzas entre la población civil. Esto hizo que el avance del ejército fuera más rápido y evitó “distracciones adicionales”.

A pesar de la incapacidad mental del rey Carlos VI y de la falta de decisión y cobardía del Delfín, los franceses comenzaron a reaccionar. Mientras Enrique asediaba Harfleur, los capitanes franceses Charles de Albret y el mariscal Boucicout, se habían anticipado a la decisión de Enrique de marchar hacia Calais y habían destruido todos los puentes y pasos sobre el  Somme que pudieran permitir a los ingleses cruzar el río en su marcha. Enrique pensaba cruzar justo por el lugar en que lo había hecho su bisabuelo Eduardo III, pero los franceses, que también conocían la ruta y la historia, se prepararon para evitarlo. La suerte hizo que los ingleses capturaran a unos soldados franceses que tras ser interrogados, confesaron que las tropas de De Albret y Boucicout conocían el sitio elegido por Enrique para cruzar y lo estaban esperando. Los ingleses por tanto, tuvieron que desviarse de la ruta inicial y no tuvieron más remedio que dar un gran rodeo para poder encontrar un paso que les permitiese cruzar el río. A medida que el tiempo pasaba, lo que en un principio iba a durar ocho días se alargó de tal manera que empezaron a escasear las provisiones y comenzó a decaer la moral de los ingleses. A cada puente que llegaban, descubrían que los franceses lo habían destruido antes. Llegó un momento en que los ingleses podían ver en la otra orilla a un contingente de tropas francesas lideradas por el padre y los hermanos de De Gaucourt, que buscaban la revancha por la humillación infligida a su hermano, y cuya única tarea era adelantarse a los ingleses e ir destruyendo todos los puentes que aún quedaran en pie. 

 La situación era cuanto menos extraña porque ambos ejércitos se veían continuamente pero no podían enfrentarse al no poder cruzar, y por tanto se limitaban a desafiarse altaneramente desde las orillas. La marcha continuaba y los ingleses no hallaban la manera de cruzar. Es entonces cuando Enrique da muestras de su gran capacidad como estratega militar. En un momento determinado y ante el nulo resultado que están obteniendo con la táctica de seguir el curso del Somme en todo su serpenteo, Enrique decide atajar y dirigirse campo a través hacia otra zona más arriba del río. Con ello, Enrique ahorraba bastantes kilómetros de marcha y sobre todo despistaba a los franceses que ya no podían ver donde iban los ingleses. Si continuaba por la margen del Somme, con los franceses en frente viendo todos sus movimientos, probablemente tendría que llegar a la cabecera del río para poder pasar al otro lado.

La suerte o la traición de algún aldeano francés hizo que Enrique  finalmente encontrara un paso que siendo difícil, no era imposible. La maniobra era arriesgada pues los soldados tenían que cruzar en fila de a uno lo que ponía a todo el ejército en una situación muy vulnerable. Si los franceses los descubrían, no tenían más que apostarse al otro lado e ir matando uno a uno a cuanto inglés se metiera en el río. Pero la táctica del atajo de Enrique había funcionado y los franceses andaban despistados sobre la ubicación exacta del ejército inglés.

Los primeros soldados ingleses atravesaron el río creando una cabeza de puente al otro lado que ofrecía una cobertura de fuego ante un posible ataque francés. Para mantener la calma necesaria que permitiera pasar a un grupo de hombres tan grande sin que se produjeran altercados o ataques de pánico, el propio rey se apostó a un lado para mantener la disciplina. Su sola severa presencia bastaba para mantener la calma y el orden.  Así era la personalidad de este gran rey y su gran capacidad para imponer disciplina entre sus tropas. Este aspecto sería uno de los más importantes que decantaría la victoria de los ingleses en Agincourt a pesar de su inferioridad numérica.

El cruce del río Somme fue un éxito. Hasta el día siguiente los franceses no descubrieron dónde estaban las tropas inglesas. Una vez localizadas, tres heraldos franceses llegaron al campamento inglés con sendos mensajes de los duques de Orleans, Borbón y del contestable de Albret. Recordemos que el rey Carlos VI estaba incapacitado y que el Delfín no estaba a la altura que la situación requería.

El mensaje había sido redactado en los términos corteses y caballerescos que se usaban en la época y que tanto gustaban a los franceses y al propio Enrique V.

Más o menos decía así:

“que desde que había dejado su propio reino (Enrique V), su deseo había sido combatir contra los franceses. Y así ellos, tres príncipes nacidos de la sangre de Francia, estaban dispuestos a satisfacerle y a cumplir su deseo y llevar a cabo lo que pretendía; y, si se molestaba en nombrar un lugar y una fecha donde deseara luchar con ellos, se reunirían con él allí alegremente…..”

El desafío de los franceses no tiene desperdicio. Al igual que el planteado inicialmente por Enrique al Delfín tras la caída de Harfleur, los príncipes franceses hacen ahora alarde de su nobleza y caballerosidad renunciado a su ventaja numérica sobre el ejército inglés (ventaja que posteriormente no supieron aprovechar pero que a priori, les ofrecía ventaja sobre el cansado y hambriento ejército de Enrique) ofreciendo a una confrontación personal para zanjar la reclamación de Enrique. Pero es aún más significativo el hecho de que el desafío provenga de los duques de Orleans, Borbón y del condestable De Albret.  Una responsabilidad tan grande debería haber recaído directamente en el Delfín como representante de la casa real francesa y capitán general del ejército. El hecho que estos príncipes de la sangre dictaran este desafío personal es un forma de reprochar al Delfín su cobardía y su falta de nobleza caballeresca al no haber contestado en su momento al desafío del rey de Inglaterra. Si Francia no tenía un rey y un delfín capaces de defenderla, si podía contar con el honor y la valentía de tres grandes príncipes. El más cercano al rey era su primo Carlos de Orleans. Carlos de apenas 20 años de edad ya era el líder de la facción de los armanagcs que luchaba contra los borgoñones de Juan sin Miedo dentro de la guerra civil en la que estaba inmersa Francia en esos momentos. Tenía fama de ser un excelente caballero y un buen justador en torneos así como un escritor de poemas de gran talento. Juan, duque de Borbón, tenía alrededor de treinta y cinco años y también era un experimentado militar.  Devoto de los ideales caballerescos fundó la orden del “Fer du Prisonnier" de la que también era miembro Raoul de Gaocourt. De Albret tenía cuarenta y seis años y como contestale de Francia era el oficial más veterano y experimentado.

La respuesta de Enrique fue una verdadera lección de inteligencia y nobleza caballeresca para el Delfín. A diferencia de lo que este había hecho (esconder la cabeza bajo el ala y no contestar), Enrique envió a sus propios heraldos a los príncipes franceses con su respuesta. En ella decía más o menos que desde el principio se había esforzado en conseguir una solución adecuada al conflicto y que desde que salió de Inglaterra jamás se había escondido en fortaleza o ciudad alguna, por lo que si los franceses deseaban luchar, no era necesario fijar hora o día porque en cualquier momento podrían encontrarlo sin ninguna dificultad. Después de esta respuesta el enfrentamiento entre los dos ejércitos llegaría en breve

Fuente: Juliet Barker, Agincourt, El arte de la estrategia

        Isaac Asimov, La formación de Francia

Los prolegómenos de Agincourt, el desafío al Delfín

 

Agosto de 1415, un ejército inglés liderado por Enrique V desembarca en Francia con el objetivo de reclamar los derechos dinásticos de este rey al trono de Francia. Esta reclamación es continuación de la iniciada por Eduardo III en 1328 cuando fallece sin descendencia directa masculina Carlos IV, el último rey francés de la dinastía de los Capeto. Eduardo III, como hijo de una hermana de Carlos IV, Isabel “la loba de Francia”, hace valer sus derechos al trono de Francia pero no es aceptado por los franceses que eligen como rey a Felipe VI de Valois, primo de Carlos IV. Se inicia así uno de los conflictos más importantes de la Edad Media, la Guerra de los Cien Años.

 

Enrique V y su ejército llegan a Harfleur y sitian la ciudad que resiste tenazmente contra el enemigo. A pesar de las continuas peticiones de ayuda que la ciudad envía a su rey, este no acude a su rescate y Harfleur capitula el 22 de septiembre de 1415. Enrique V, como buen caballero medieval, envía un mensaje al delfín de Francia Luis de Guyena (pues el rey Carlos VI se encontraba incapacitado con uno de sus accesos de locura) retándole a un combate singular que decidiría el futuro del país. Sería un enfrentamiento cara a cara entre Enrique rey de Inglaterra y Luis delfín de Francia. La misiva es enviada a través de Raoul de Gaucourt quien había sido el capitán general de la ciudad de Harfleur y por tanto la persona que rindió la plaza a Enrique. Este como prisionero de los ingleses, había prometido no volver a luchar contra sus captores y presentarse ante ellos cuando fuera requerido.

 

El desafío de Enrique no fue una brabuconada resultado de la euforia del momento por su reciente victoria, era una propuesta muy seria. Sabía que la única forma de hacer valer sus derechos en Francia era por la vía de las armas, y si podía conseguir su objetivo en un combate caballeresco que le pusiera frente a frente con su enemigo para poder demostrar su coraje, entonces sería mucho mejor.  Enrique, hombre de mucho valor , no temía el enfrentamiento directo pues estaba absolutamente convencido de la bondad de sus reclamaciones y de que tanto Dios como San Jorge, patrono de Inglaterra, estaban de su lado. Además, estaba convencido de que era una buena alternativa ya que  de ser aceptada la oferta, se evitaría un mayor derramamiento de sangre.

 

El desafío puso al Delfín en un grave aprieto. No pensaba ni por asomo aceptar la propuesta de luchar personalmente contra Enrique pues carecía del valor y el coraje que al rey inglés le sobraba. Sin embargo, si lo rehusaba formalmente corría el riesgo de parecer un cobarde. Ante este dilema optó por esconder la cabeza y ni siquiera contestar. Podemos imaginarnos la reacción de De Gaucourt, un gran caballero honorable y valiente, ante tan vil comportamiento. Debió de ser humillante para él comparar la triste reacción del Delfín frente al comportamiento ejemplar y valiente de Enrique V. De Gaucort, que como capitán de la plaza de Harfleur era prisionero de Enrique, si cumplió su palabra de no participar en nuevas acciones contra sus captores y se retiró a recuperarse de su enfermedad (había contraído disentería durante el asedio) hasta que se le exigiera presentarse como prisionero en Calais. 

Fuente: Juliet Barker, Agincourt, El arte de la estrategia

        Isaac Asimov, La formación de Francia