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Armand Jean du Plessis, Cardenal de Richelieu

 

Armand Jean du Plessis más conocido como el Cardenal de Richelieu es uno de los personajes históricos cuya imagen real ha llegado a nuestros días profundamente distorsionada por la literatura. Gran genio militar y político de su época, su figura es comparable a la de grandes personajes históricos como Julio César, Maquiavelo y el canciller Von Bismarck. 

La imagen que de él nos ha legado la obra de Alejandro Dumas “Los Tres Mosqueteros” es la de un hombre cruel y sin escrúpulos, carente de cualquier rasgo positivo que resaltar. Sin embargo, la realidad es que Richelieu puso siempre su genio y su talento al servicio de Francia y de su rey Luis XIII, y por toda esta labor es considerado como el creador de la Europa moderna.

Nace en 1585 en París. Su padre, hombre leal, apasionado y enfermizo, murió tempranamente durante las guerras de religión cuando él contaba tan solo con 5 años. Su madre, procedente de la alta burguesía, fue una mujer amable y prudente consagrada al cuidado de sus hijos que tuvo que soportar durante su viudez graves problemas económicos. Richelieu fue el cuarto de sus hijos. Sus problemas de salud desde su nacimiento hicieron temer a su madre que no llegaría a la edad adulta. Ya de mayor, siguió teniendo una salud frágil. Sufría de  jaquecas continuas que muchas veces llegaban a incapacitarle. También tuvo problemas relacionados con el sistema nervioso que se evidenciaron más en dos de sus hermanos que desarrollaron problemas mentales llegando incluso a la locura.

Sin embargo, toda esta debilidad tanto física como mental se tradujo en una extraordinaria voluntad que no tuvo parangón en su época. Esta voluntad, puesta al servicio de su ambición, le permitió convertirse en obispo antes de los 21 años y posteriormente en la persona que regiría el destino de Francia aun cuando su nacimiento y su linaje no eran lo suficientemente elevado para llevarle a los altos cargos que consiguió.

 

 

Sus principales tácticas para conseguir sus objetivos fueron: hablar poco, escuchar mucho, fingir interés en la necedad los superiores, adular y hacerse temer. Entre sus comportamientos habituales estaba vigilar constantemente a quienes estaban a su alrededor, simular amistades a conveniencia, no sentir mayor escrúpulo por mentir y engañar y aceptar de buena gana la protección de aquellos a los que luego habría de eliminar. Sin embargo, Richelieu jamás utilizó el chantaje como arma, pero no vaciló en adular abiertamente a quienes eran poderosos.

Todo este comportamiento estaba encaminado a un solo objetivo: conseguir el engrandecimiento de Francia. A pesar de las ambiciones políticas del cardenal, Richelieu siempre demostró una gran devoción hacia la Corona representada en ese momento por el rey Luis XIII. Sea cuál sea la imagen que la historia y la novela nos ha dejado de este personaje, está claro que el respeto del cardenal hacia el trono de Francia fue constante y profundo. Es extraño y contradictorio ver como confluyen en la misma persona una gran capacidad de intriga y una firme decisión del llegar al máximo poder, con un sentimiento abnegación hacia su país y su rey tan profundo, pero cuando esta combinación se da, el resultado es realmente explosivo.

Tenemos así a una gran personalidad puesta al servicio del engrandecimiento del rey de Francia al que sirvió sin egoísmo personal (pues jamás intrigó contra él, ni siquiera junto a su hermano Gastón de Orleans cuando Luis aún no tenía descendencia) entregándose a esta tarea en cuerpo y alma. 

 

Richelieu poseía unas dotes magníficas para la administración, la diplomacia y el gobierno, que combinaba con un talento militar excepcional. Poseía una cualidad que caracteriza a los grandes caudillos militares: era capaz de dominar la situación en un instante. La carrera militar fue siempre su gran vocación, pero tuvo que abandonarla cuando su hermano mayor rehusó hacerse cargo del obispado de Luzon que pertenecía a la familia. A pesar de tener que abandonar lo que más amaba, Richelieu supo ver la gran oportunidad que un obispado proporcionaba a su carrera y no dudó en aceptarlo de buen grado. Creyente convencido, jamás tuvo la menor duda de carácter religioso, no obstante, nunca fue un sacerdote convencido. Tomaba su condición eclesiástica como un instrumento de poder para sus ambiciones personales.

Richelieu era extremadamente ordenado en todo cuanto le rodeaba y era además sumamente meticuloso y cuidadoso con su indumentaria. 

A pesar de todo esto, la historia y sus enemigos siempre le han calificado de cruel aunque hoy en día podemos decir que Richelieu no fue una persona cruel. Cruel es aquel que se complace con el sufrimiento de los demás y que lo inflige para su goce personal  y Richelieu nunca tuvo estos sentimientos. Quizá el adjetivo que mejor lo define sea el de despiadado, pues jamas tuvo piedad en castigar o eliminar a aquellos que interferían en sus objetivos. El cardenal era básicamente una persona indiferente al sufrimiento ajeno, cuando este era necesario para la defensa del país y de la corona. Era capaz de infligir cualquier castigo por duro que fuera si con ello ayudaba a sus fines políticos, pero nunca disfrutó con estas acciones.

Richelieu quería ante todo dejar una nación fuerte y unida supeditando definitivamente al trono a todas las familias nobles. Este objetivo fue ampliamente logrado pero no cabe duda que esto no hubiera sido posible sin un exceso de rigor que en ocasiones derivó en acciones fuertes y asesinatos sin mucha justificación, que a su juicio eran necesarios y le ayudaban en la consecución de sus objetivos.

Fuente: Richelieu, Hilaire Belloc, editorial Juventud

             Wikipedia

El Cardenal Richelieu en el sitio de la Rochelle