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Gabrielle D’Estrées

del desprecio al amor profundo por Enrique IV

 

Corría el año de 1590 y el trono de Francia estaba ocupado por el primer rey de la casa de Borbón, Enrique IV. En 1572, siendo todavía solo rey de Navarra, se había casado con Margarita de Valois, hermana de Carlos IX y de Enrique III, últimos reyes franceses de la casa de Valois. Esta boda que debía sellar la reconciliación entre católicos y hugonotes enfrentados en las guerras de religión, terminó convirtiéndose en la gran matanza de la noche de San Bartolomé en la que miles de hugonotes fueron asesinados por orden de Carlos IX.

 

La cosa comenzaba mal y continuaría peor. Ni Enrique ni Margarita deseaban ese matrimonio. Margarita se había resistido con todas sus fuerzas a la boda por lo que prácticamente tuvieron que llevarla a rastras al altar.  Despreciaba a Enrique; su gran nariz, su feo rostro y su continuo olor a ajo y a sudor le repugnaban, además, estaba profundamente enamorada del duque de Guisa uno de los jefes de la liga Católica.

Así las cosas, la joven reina se dedicó después de su boda a una vida de desenfreno y lujuria. No le fue muy difícil pues Margarita era conocida por su extraordinaria belleza y por no poner muchas pegas a la hora de encontrar amantes, cualquiera le valía ya fuera un noble o un simple plebeyo. Su injerencia en temas políticos en contra de los intereses de su hermano Enrique III, le llevó a ser recluida en el castillo de Usson en donde pasaría dieciocho años de su vida. La reclusión de Margarita no afectó para nada a su marido. Enrique tenía merecida fama de mujeriego y desde 1583 mantenía relaciones con la condesa de Gramont.

El asesinato de su cuñado le dio el trono de Francia y, ya siendo rey, acompañó a su caballerizo mayor Roger de Saint-Lary, duque de Bellegarde a visitar su castillo de Coevres. Allí le presentó a su prometida, una joven de diecisiete años llamada Gabrielle d’Estrées. Su belleza era tal que Enrique quedó prendado de la muchacha. Pasaban los días y no podía olvidarse de aquel ángel rubio que había conocido. Para facilitar su camino hacia Gabrielle, hizo uso de sus prerrogativas como soberano y le hizo entender a Bellegarde que si deseaba continuar con su carrera en la corte, debía renunciar a su matrimonio con la muchacha. Bellegarde debió valorar mucho su carrera política puesto que rápidamente anuló su compromiso y se quitó del camino. Sin embargo, Gabrielle estaba enamorada de él y no se sintió halagada con el cortejo que le prodigaba el rey. Como a Margarita, le repugnaba su fealdad y para colmo de males, era veinte años mayor que ella. Se dice que cada vez que Enrique acudía a visitarla se escondía para no encontrárselo. A pesar de este rechazo, Enrique siguió insistiendo en su cortejo.

 

Al que tampoco le hacía ninguna gracia ver a Gabrielle convertida en la concubina del rey era a su padre, Antoine d’Estrées. Para evitar el acoso de Enrique, casó a su hija con Nicolas d’Amerval barón de Benais, viudo de edad avanzada. Casarse con un viudo no era tampoco la idea que Gabrielle tenía de la felicidad, así que cuando Enrique apareció a los tres meses de la boda por los territorios de su esposo, ella lo abandonó y se fue con el rey. Ser la amante del rey de Francia era para ella mucho mejor destino que pasarse toda la vida encadenada a a d’Amerval. Ademas, Gabrielle pensaba que siendo la concubina del rey, estaría más cerca de su verdadero amor, Bellegarde.

Así fue y nada más llegar a la corte, Gabrielle comenzó una relación a tres bandas que hacía sufrir profundamente a Enrique que adoraba con locura a favorita. Enrique sabía que cada vez que sus compromisos le alejaban de la corte, Gabrielle corría a los brazos del joven y bello Bellegarde. Es más, Gabrielle era tan consciente de la dependencia que el rey de Francia tenía hacia ella que ni siquiera se molestaba en ocultar su relación. Como Enrique no podía prescindir de su amante, terminó por aceptar compartirla con su rival.

Pero a partir de 1594, la actitud de Gabrielle hacia su amante real cambió. Comenzó a valorar el apasionado amor que Enrique le profesaba (así como el poder e influencia que esta relación le confería) y abandonó a Bellegarde. A partir de ese momento ya no tuvo más amante que el rey, aunque las malas lenguas nunca dejaron de considerarla una mujerzuela ávida de riqueza.

Gabrielle comenzó a interesarse por los problemas del reino ayudando a Enrique en múltiples ocasiones. Tanto creció su confianza en su favorita, que delegó en ella los asuntos de estado cuando sus múltiples viajes lo alejaban de la corte.

Enrique y Gabrielle estaban felices, lo único que empañaba esta felicidad era que ella seguía casada con d’Amerval. Instalada ya en una posición muy poderosa como amante del rey, solicitó la anulación de su matrimonio alegando que había sido obligada al casamiento por su padre y que este jamás se había consumado pues d’Amerval era impotente. Podemos suponer que este tema de la impotencia no habría hecho mucha gracia al marido de Gabrielle pero dado el poder que esta había adquirido, d’Amerval no tuvo más remedio que tragar y aceptar el divorcio.

A partir de este momento, Gabrielle se convierte en la “Maîtresse en titre” de su majestad el rey de Francia. Se le confirieron todos los honores que habitualmente se le otorgaban a la reina de Francia y Gabrielle empezó a albergar esperanzas de que algún día se casaría con Enrique y sería coronada reina.

Además de ser muy bella, Gabrielle poseía una particular seducción y cortesía que atrajo hacia sí la simpatía y amistad de muchas damas de alta alcurnia de la corte. Es señalada su amistad con Louise de Guisa, hija del asesinado duque de Lorena, que contribuyó a la reconciliación del rey con su gran enemigo.

Gabrielle seguía triunfando en la corte. Se dice que con motivo del bautizo de su segundo hijo con el rey, una niña llamada Catalina Enriqueta, Gabrielle lució un vestido de terciopelo rojo sólo un poco más pálido que el rojo púrpura, color que estaba exclusivamente destinado a los reyes y las reinas. Un detalle insignificante pero que demostraba la importante posición que la favorita había adquirido en la corte francesa. 

Enrique estaba cada vez más feliz y completamente enamorado de Gabrielle. Aquella caprichosa jovencita que al principio le detestaba, se había convertido con el paso del tiempo en su más firme valedora. Cuando llegó a Parías la noticia de que los españoles atacaban Amiens, Gabrielle puso a disposición de Enrique todo su dinero y vendió todas sus joyas para poder contribuir a la campaña, ya que las arcas reales estaban en esos momentos exhaustas. Tampoco titubeó ni un segundo cuando tuvo que recurrir a los nobles franceses y llamar a sus puertas para recaudar más fondos, ni cuando tuvo que acudir al campo de batalla para cuidar a Enrique que había caído gravemente enfermo.

Gabrielle era amada y querida por la mayoría de la corte pero había adquirido tanto poder y tenía tanta influencia sobre el rey que no tardaron en aparecer enemigos que maquinaban en su contra.

El tiempo transcurría feliz para los amantes pero quedaba pendiente otro asunto de gran importancia, el rey seguía casado con Margarita y a estas alturas, no tenía un heredero legítimo al trono. El divorcio de Margarita fue fácil pues ella no deseaba en absoluto seguir casada con Enrique, el problema radicaba en la elección de la candidata a nueva reina de Francia. Una tras otra se habían presentado al rey numerosas opciones pero Enrique siempre encontraba alguna pega. Pronto todos los consejeros del rey se percataron de que Enrique no quería casarse con ninguna princesa extranjera, quería hacerlo con Gabrielle, su favorita. Por supuesto esta opción era aberrante para las cortes europeas y sobre todo para los consejeros del rey. Enrique, cegado por su pasión hacia Gabrielle no podía ver los graves conflictos que se originarían con su decisión. Casarse con su favorita y nombrar heredero a su hijo bastardo suponía un gran riesgo para la continuidad de la casa de Borbón que acababa de instalarse en el trono de Francia (más aún si tenemos en cuenta que en un principio eran protestantes). Sus consejeros lo sabían y estaban seguros que una decisión como esa sería catastrófica para la corona.

Pero Gabrielle estaba feliz ante la perspectiva de ser reina y Enrique no tenía voluntad para negarle nada. Sin embargo, el divorcio de Margarita no fue tan sencillo como se esperaba, se requería el consentimiento papal y Clemente VIII no parecía tener mucha prisa en concederlo. El destino de Francia quedó pues en las manos del Pontífice quién posteriormente declaró que Dios había tomado ya una decisión que ya se revelaría.

En esos momentos, Gabrielle estaba de nuevo embarazada pero las cosas no marchaban por buen camino. Continuamente se sentía enferma y con dolores y no faltaban las “buenas almas” que acudían a ella con malos augurios. 

Con los preparativos de la boda en marcha y a la espera de la decisión del Papa sobre el divorcio del rey, Gabrielle se retiró al palacio de Fontainebleau y una noche, acudió a cenar a la casa de su banquero de confianza, Sebastián Zamet. Después de la cena se sintió gravemente indispuesta y comenzó a sufrir violentos espasmos. Los médicos no sabían que hacer y finalmente decidieron que era necesario sacarle al bebé pero esta solución no mejoró para nada su estado. Finalmente Gabrielle murió sin haber podido realizar su sueño de ser reina de Francia. Aunque mucho se especuló con que la favorita había sido envenenada por sus enemigos, lo cierto es que con toda certeza Gabrielle murió de eclampsia, una complicación bastante habitual entre las mujeres embarazadas. No obstante, hubo muchas cosas sospechosas en su muerte, el momento justo, las extrañas circunstancias, aquella visión del Papa acerca de la decisión de Dios…

Sólo Enrique estaba desolado, su pena por la pérdida de su amada compañera fue real y profunda, como rápida fue también su recuperación. En menos de dos meses su corazón volvía a latir de amor desenfrenado pero… esto es otra historia 

 

 

Fuente:         Las amantes de los reyes de Francia. Helga Thoma ed. Vergara.

        Wikipedia